Todo castillo esconde bajo sus rocas un rey.
Todo rey esconde bajo su capa un secreto.
Todo secreto esconde en sus palabras una amenaza.
Toda amenaza esconde en miradas un odio.
Todo odio esconde en promesas una mentira.
Toda mentira esconde en hechos un desvío.
Todo desvío esconde en su fin un castillo.
Domingo 3 de Abril de 2011.
Y ahí…desde el piso, con su espalda aun dolorida por el golpe, parecía rogar por su vida. Sus extremidades inferiores apenas se movían. Logré maniatarlo antes de que despertara, extendiendo sus brazos por detrás de su propia nuca; así no intentaría volver a atacarme.
Pasado un rato y después de contar varias veces cada una de las úlceras que provocó en mi brazo derecho, todo terminó. Vengué el lamentable hecho apoyando mi pié sobre él. Una y otra vez. Lo úlitmo que logró quitarme fué el peso de mi cuerpo encima del suyo, que no resultó ser más que un boleto con destino a su propia muerte .
Antoine de Saint-Exupéry. 1900-1944. Aviador y escritor.
El 30 de Diciembre de 1935 a las 14:45, después de un viaje de 19 horas y 38 minutos, Saint-Exupery junto con su navegador (Andre Prevot) tuvieron un aterrizaje forzoso en la parte de Libia del desierto del Sáhara en camino a Saigón. El equipo estaba tratando de volar desde París a Saigón en menos tiempo que cualquier piloto lo había hecho por un premio de 150,000 francos. Ambos sobrevivieron al aterrizaje pero sufrieron los estragos de la rápida deshidratación en el Sahara. No tenían idea de su ubicación. De acuerdo a sus memorias, lo único que tenían para alimentarse eran uvas, dos naranjas y una pequeña ración de vino. Ambos experimentaron alucinaciones visuales y auditivas. Para el tercer día estaban tan deshidratados que dejaron de sudar. Finalmente, al cuarto día, un beduino en camello los descubrió, salvándoles la vida. La fábula de Saint-Exupery El Principito, es una referencia a esta experiencia.






